MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¿Y qué devendrá Rafael esto? —preguntó el elegante, encendiendo un cigarrillo puro y ofreciendo otro a MartÃn.
—Se ha ido esta mañana muy temprano a la Recoleta —dijo Rivas.
—¡Es romántico eso! Le compadezco de todo mi corazón —exclamó AgustÃn.
—Me dejó una carta; está desesperado —añadió MartÃn.
—No comprendo esa desesperación —dijo Leonor—, cuando podÃa distraerse con otros amores como lo ha hecho ya.
—Hermanita, hay amores y amores —repuso AgustÃn—, es necesario no confundir. —¡Ah!, no sabÃa— replicó Leonor.
—Se puede amar por gusto y por pasión —continúo el elegante.
—Lo que veo —dijo Leonor, mirando fijamente a Rivas— es que no hay hombre capaz de amar.
Rivas protestó con una mirada, mientras que AgustÃn exclamaba:
—¡Ah!, por ejemplo, mi toda bella, estás en el error. Sin hablar de Abelardo, cuya tumba he visto en el Pere Lachaise de ParÃs, hay una fula de otros que han pasado la vida a amar.
—Usted, que se calla, pensará lo mismo, aunque lo piense en español —dijo Leonor a Rivas.