MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Creo, señorita —contestó MartÃn—, que usted juzga a los hombres con mucha severidad.
—¿Y el ejemplo de su amigo San Luis no justifica mi opinión? —preguntó la niña.
—Pero hay excepciones —replicó MartÃn.
—¡Cómo no! —Dijo AgustÃn—. Hay excepciones: allà está, como he dicho, Abelardo en el Pere Lachaise, sin contar el resto.
—¡Excepciones! —DecÃa al mismo tiempo Leonor sin cuidarse de su hermano y dirigiéndose a MartÃn—. ¿En dónde están? ¿Cómo puede una conocerlas?
—FÃate a mà para eso, hermanita —dijo el elegante—, yo los conozco: MartÃn es del número.
—¡Ah! ¿Usted se cuenta entre las excepciones? —le preguntó sonriéndose Leonor, mientras que Rivas sentÃa encendérsele las mejillas.
—Señorita —contestó éste—, hay cosas en que parece que uno puede elogiarse a sà mismo sin sonrojo, y ésta es una de ellas; creo que puedo considerarme entre las excepciones.
—Usted cree, pero no está seguro.
—Muy seguro —contestó MartÃn, enviando a la niña tan ardiente mirada, que ella tuvo que bajar la vista sobre el bastidor.
—¿Es decir, MartÃn, que estás enamorado? —Le preguntó AgustÃn—. Veamos, cuéntanos eso, amigo mÃo.