MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¡Vas a obligarle a mentir! —exclamó Leonor, dominando con una sonrisa la turbación con que habÃa dado algunas puntadas en el bordado.
—¿Por qué, señorita? —preguntó Rivas en el mismo tono de broma.
—No querrá usted comprometer a la que ame —repuso Leonor.
—Desgraciadamente no alcanzo a comprometerla —replicó el joven con resolución—. Está colocada tan alto respecto a mÃ, que mi voz no puede llegar a ella —añadió, aprovechando el momento en que AgustÃn se habÃa parado para botar en el patio su cigarro.
—Hablando fuerte se oye desde lejos —le contestó Leonor con una sonrisa que disimulaba muy mal su turbación.
—En ese caso —repuso el joven—, cuando usted me pregunte lo mismo que AgustÃn, no mentiré.
Leonor bajó la frente sobre el bordado y AgustÃn volvió a su asiento.
Pocos momentos después MartÃn entró al escritorio de don Dámaso, y pasó un largo rato sin acordarse de la carta de Edelmira que tenÃa en el bolsillo.