MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Y él, tan fresco que lo han de ver —replicóle la criada, mientras que Edelmira, asustada con aquel diálogo, apretaba el paso.
Pocos pasos faltaban a la niña y su criada para llegar a las gradas de losa delante del frente de la iglesia, cuando se presentó Rivas, que sin duda desde algún punto vecino espiaba la llegada de Edelmira.
Ésta se puso lÃvida al divisarle tan cerca y se detuvo turbada.
MartÃn aparentó sorpresa de aquel encuentro, para evitar las sospechas de la criada, y exclamó:
—¿Usted por aquÃ, señorita, a estas horas?
Edelmira respondió con voz balbuciente y apartándose de la criada, a quien parecÃan no haber disgustado las galanterÃas del postillón, hacia el cual volvÃa la vista con frecuencia.
—¡Ya ve usted que soy puntual! —dijo MartÃn a Edelmira en voz baja—. ¿Está usted resuelta?
Edelmira miraba a su interlocutor como si hubiese olvidado en aquel instante el miedo que tenÃa y los pesares que habÃan enflaquecido su rostro.
—Muy resuelta —le contestó.
—¿Y me permite usted que la acompañe?
—¿Por qué va usted a incomodarse por m� —le preguntó ella con acento triste.