MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Eso corre de mi cuenta —replicó MartÃn—, y, como le dije en mi carta, no consentiré en dejarla a merced del cochero, a quien no conozco.
Esta observación sobre el cochero hizo gran fuerza en el ánimo de Edelmira, asustada ya con las galanterÃas que el postillón acababa de dirigirle.
—Además —añadió Rivas—, usted me ha dado derechos de amistad que me tomaré ahora la confianza de hacer efectivos; lejos de ser para mà una incomodidad el acompañarla, es un placer.
Edelmira oÃa con arrobamiento las cariñosas palabras del joven, en quien casi únicamente habÃa pensado durante el último tiempo.
—¿No tiene usted bastante confianza en m� —preguntó Rivas.
—¡Oh! —dijo ella—, en usted más que en nadie.
—Entonces voy a esperarla en el coche. Como usted ve, puedo perfectamente estar allà sin ser visto.
—Yo trataré de salir lo más pronto que pueda —contestó la niña dirigiéndose a la iglesia.
La criada no vio aquel movimiento de su ama, porque contestaba con bizarrÃa al fuego de ojeadas del galante postillón.
Al ver pasar a MartÃn, siguió no muy contenta a Edelmira, que habÃa entrado ya a la iglesia.