Martín Rivas

Martín Rivas

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—Espéreme aquí —le dijo ésta señalándole un punto—, yo voy a buscar al confesor, luego vuelvo.

Martín, entretanto, había entrado al coche y esperaba.

Edelmira tendió su alfombra delante de un altar y se puso de rodillas en oración. Después de pedir al Cielo, en ferviente plegaria, su protección y su amparo; después de pedirle valor para el paso decisivo que iba a dar, se levantó, recogió la alfombra y fue a colocarse junto a un confesionario, desde el cual podía ver a la criada que había quedado esperándola.

La criada se entretenía mirando los santos de los altares y ocupada, como lo está generalmente la gente de nuestro pueblo, en no pensar en nada.

Aprovechóse entonces Edelmira de la distracción de la criada para dejar el confesionario y dirigirse a la puerta de la iglesia, observándola siempre.

Las devotas que principiaban a llegar, vestidas todas de basquiña y mantón como Edelmira, favorecieron su salida con su movimiento de idas y venidas al través del templo, que miran la mayor parte de ellas como su casa.

Edelmira se halló en la plazuela con el corazón palpitante y el cuerpo tembloroso. Como la mirasen con curiosidad los que pasaban y las que entraban a la iglesia, juzgó que era más prudente obrar con resolución y se encaminó directamente al coche.


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