MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —No crea usted que me arrepiento —contestó la niña, enjugando las lágrimas de sus ojos—, lloro de verme obligada a salir de mà casa.
—Si usted tiene confianza en su tÃa —repuso MartÃn—, espero que todo se arreglará como usted lo desea.
—Como yo lo deseo, no —dijo Edelmira, fijando sus ojos en Rivas con singular expresión—; pero me libraré del casamiento.
—Lo demás puede venir después.
—¡Quién sabe!
Esta exclamación de desconsuelo fue acompañada de un suspiro.
—De manera que usted ama con pasión —dijo Rivas vivamente interesado en el amor de Edelmira, al que, como dijimos, hallaba analogÃa con el suyo.
El rostro de Edelmira se cubrió de encarnado.
—¿No se lo dije en mi carta, pues? —contestó bajando la vista.
—¿Y sin esperanza? —preguntó MartÃn.
En ese momento se oÃa más acentuada y clara la voz del postillón, que repetÃa, haciendo sonar el rebenque:
Si quieres otro lugar,
Aquà en el coche cabimos dos.
Cabimos dos, guayayai…