MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Y su voz se confundÃa con la de los frutilleros que a esas horas entraban a la capital a vender las muy celebradas frutillas de Renca.
Edelmira y MartÃn se habÃan quedado en silencio, oyendo la voz del alegre postillón. —¿Se acuerda de haber oÃdo esa canción?— preguntó la niña.
—A su hermano, la noche que tuve el gusto de conocer a usted —respondió MartÃn—; pero Amador no la engalanaba con ese último verso.
—Vaya, tiene usted muy buena memoria.
—¿Que usted habÃa olvidado esta circunstancia?
—¡Oh!, no, me acuerdo mucho de esa noche. Más todavÃa, me acuerdo de todo lo que hablé con usted.
—Tal vez porque él no estarÃa —dijo sonriéndose MartÃn.
—¿Quién?
—El de que estábamos hablando.
—¡Ah!, no. Entonces no querÃa a nadie.
A pesar de la naturalidad de esta exclamación, habÃa tal tristeza en la voz de Edelmira, que Rivas le dijo:
—Hasta ahora usted ha tenido confianza en mÃ, ¿se arrepiente usted de ello?
—¡Yo arrepentirme! No.
—Le dirijo esta pregunta porque querrÃa poder servirla en todo.