MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¿Qué más quiere hacer por mÃ? Bastante se ha incomodado ya.
—Más podrÃa hacer, tal vez, si usted me nombrara al que ama.
—¡No, no —exclamó con viveza la niña—, nunca!
—¿Cree usted que le hago esta pregunta por curiosidad?
—No, pero…
—Vaya, no insistiré; pero créame que no ha sido curiosidad, sino la esperanza de poder servirla.
—Se lo creo, MartÃn. Dispénseme si no le contesto; pero es imposible ahora —dijo con sentido acento Edelmira; y luego añadió, dando a su voz ese tono de afabilidad que empleamos con una persona a quien tememos haber ofendido—. Se lo diré después, ¿no?
—DÃgamelo sólo si cree que puede serle útil que yo lo sepa.
—Bueno.
—Pero podemos hablar de él sin nombrarle —repuso MartÃn, pensando que no podrÃa haber ninguna conversación más agradable que aquélla para Edelmira.
—Eso sà —contestó ella con una sonrisa.