MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Hablaron entonces alegremente. Con los recuerdos de su amor, Edelmira parecÃa olvidada de la situación en que se hallaba, y pintó con sencilla elocuencia el nacimiento de esa pasión, sin explicar las causas, que ella misma ignoraba. MartÃn era buen juez para apreciar el mérito del cuadro que la niña le trazaba y encontró rasgos de admirable verdad, que le pusieron frente con sus numerosos recuerdos de soledad y de amor.
Asà llegaron a casa de la tÃa, que, después de oÃr las explicaciones que le hizo Edelmira, prodigó a MartÃn delicadas atenciones.
—Si usted quiere hacer penitencia —le dijo—, quédese a almorzar con nosotras.