Martín Rivas

Martín Rivas

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Rivas se prestó de buena gana y almorzó alegremente con Edelmira y su tía. En los platos que le presentaron, en la gran canasta de frutillas que esparcía su aromático olor por toda la pieza, en los muebles que la adornaban, en todo halló el joven un aspecto agreste que ensanchó su corazón. En esta disposición de ánimo aceptó la oferta que le hizo la viuda de un caballo ensillado para dar un paseo, en el que Martín empleó dos horas, galopando a veces, deteniéndose otras para mirar un cercado, cualquier paisaje en el que con la imaginación colocaba a Leonor, y él, a sus pies, olvidado del mundo, le hablaba de su amor estrechando sus lindas manos. Al despedirse para volver a Santiago, Edelmira le acompañó hasta el coche. —Mientras usted andaba a caballo, he cumplido mi promesa— le dijo dándole una carta—; aquí va el nombre que usted me preguntó en el camino.

Rivas tomó la carta y se despidió, sin advertir la turbación con que Edelmira se la había entregado.

—No, no la abra hasta que esté lejos —le dijo la niña cuando el coche iba a ponerse en marcha.

Rivas le hizo un nuevo saludo de despedida y partió.


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