Martín Rivas

Martín Rivas

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El paseo que acababa de hacer a caballo y la satisfacción de haber prestado un servicio a Edelmira pusieron a Martín de muy buen humor. Reclinado en el coche, que caminaba con bastante rapidez, se entregó durante largo rato a las ideas que el proyectado viaje al campo con la familia de don Dámaso le ofrecía, y sólo pensó en abrir la carta de Edelmira cuando se encontraba bastante lejos de la casa en que la había dejado.

Esta carta decía lo siguiente:

«Martín:

»Ya conoce usted la historia de mi amor, pues nada le he ocultado, y verá por qué no me atreví en el camino a decirle el nombre del que amo cuando sepa que es el que he puesto al principiar esta carta.

»EDELMIRA MOLINA».

—¡Yo! —exclamó Rivas con admiración.

Luego, después de leer la carta por segunda vez, dijo con verdadero sentimiento:

—¡Pobre Edelmira!

Ya en lo restante del camino sólo pudo pensar en la revelación del papel que tenía entre las manos, y llegó a Santiago lleno de tristeza por haber sido, aunque involuntariamente, la causa de la difícil posición en que se encontraba Edelmira.

Dejó el coche en la Plaza de Armas y se encaminó a pie a casa de don Dámaso Encina.


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