MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Y asà debe ser —replicó don Fidel—; de otro modo no se podrÃa gobernar.
—Para gobernar asÃ, mejor serÃa que nos dejasen en paz —dijo doña Francisca.
—Pero, mujer —replicó su marido—, ya te he dicho que ustedes no deben ocuparse de polÃtica.
Don Simón aprobó por segunda vez, y doña Francisca se volvió con desesperación hacia su cuñada.
Después del té la tertulia volvió al salón, donde siguieron la conversación polÃtica los papás y los jóvenes rodearon a Leonor, que se sentó al lado de una mesa. Sobre ésta se veÃa un hermoso libro con tapas incrustadas de nácar.
—Mira, Leonor —le dijo su hermano—, ya te han aportado tu álbum, que me dijiste habÃas prestado.
—¿No le tenÃa usted? —preguntó Leonor con indiferencia a Emilio Mendoza.
—Lo he traÃdo esta noche, señorita, como habÃa prometido a usted.
—¿Lo llevó usted para ponerle versos? —Preguntó Clemente Valencia a su rival—. Yo nunca he podido aguantar los versos —añadió el capitalista haciendo sonar la cadena de su reloj.
—Ni moi tampoco —dijo el elegante AgustÃn.
—A ver el álbum —dijo doña Francisca abriendo el libro.