MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —No lo hey visto, no ha pasado por aquÃ.
La beata se retiró diciéndole: «Dios te guarde», y la criada dio varios bostezos. Cansada de esperar, recorrió todos los confesonarios y después la iglesia en todas direcciones, mirando a la cara de las devotas que la ocultan debajo del mantón.
No hallando a Edelmira en la iglesia, salió a la plazuela. Allà vio que Edelmira no estaba tampoco, y notó con sentimiento la ausencia del amable postillón.
Volvió entonces más de prisa a entrar a la iglesia y a mirar a las devotas, que la calificaron de «china curiosa», y salió nuevamente a la plazuela llena de inquietud. Lo primero que se ve en cualquiera plazuela de Santiago es algún individuo del cuerpo de policÃa. La criada se dirigió a uno que con su pito tocaba variaciones terribles contra el oÃdo de los transeúntes.
—¿Qué horas serán? —le preguntó.
—Cuándo dejarán de ser las diez, pues —contestó el policial.
—¡Las diez, buen dar! —exclamó la criada, echando a andar con gran prisa camino de la casa.
Eran como las diez y cuarto cuando llegó a ésta, en donde doña Bernarda pedÃa con exigencia el almuerzo.
—¿Y Edelmira? —preguntó al ver entrar a la criada.
—¿Que no llegó, pues? —dijo ésta.