MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Madre —dijo Amador, cuando estuvo solo con doña Bernarda—, no será mucho que ésta se haya arrancado con MartÃn.
—¡Dios la libre! —contestó apretando los puños la señora—, porque la mando derechita a la currución.
Por este nombre designaba ella la Casa de Corrección de Mujeres.
En esas circunstancias llegó Ricardo Castaños, el que, impuesto del suceso, fue de opinión de dirigirse a casa de don Dámaso, opinión aceptada por unanimidad de sufragios.
Amador y Ricardo llegaron a las tres y media de la tarde a casa del huésped de MartÃn.
El criado les dijo que Rivas habÃa salido antes de las siete de la mañana.
La hora era sospechosa, por lo cual los dos mozos se miraron.
—¿Volveremos? —preguntó el oficial de policÃa.
—Mejor será que entremos donde el caballero y le contemos la cosa.
Este parecer prevaleció después de un ligero debate, en el que Amador sostuvo su opinión con la esperanza de molestar a MartÃn, para vengarse de su participación en los asuntos de Adelaida.