MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —SÃ, para el que lo entienda —replicó Clemente Valencia.
Continuó por algún tiempo doña Francisca hojeando el libro, en cuyas páginas, llenas de frases vacÃas o de estrofas que concluÃan pidiendo un poco de amor a la dueña del álbum, ella se detenÃa con entusiasmo.
—Si dejan a mi tÃa con el libro, es capaz de trasnochar —dijo AgustÃn a su amigo Valencia.
Don Fidel dio la señal de retirada tomando su sombrero.
—¿Sabes que Dámaso me ha dado a entender que le gustarÃa que su hijo se aficionase a Matilde? —Dijo a doña Francisca cuando estuvieron en la calle—. AgustÃn es un magnifico partido.
—Es un muchacho tan insignificante —contestó doña Francisca, recordando la poca afición de su sobrino a la poesÃa.
—¿Cómo? ¡Insignificante, y su padre tiene cerca de un millón de pesos! —replicó con calor el marido.
Doña Francisca no contestó a la positivista opinión de su esposo.
—Un casamiento entre Matilde y AgustÃn serÃa para nosotros una gran felicidad —prosiguió don Fidel—. Figúrate, hija, que el año entrante termina el arriendo que tengo del Roble, y que su dueño no quiere prorrogarme este arriendo.