MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Hasta ahora la tal hacienda del Roble no te ha dado mucho —dijo doña Francisca—. Ésta no es la cuestión —replicó don Fidel—, yo me pongo en el caso que termine el arriendo. Casando a Matilde con AgustÃn, además que aseguramos la suerte de nuestra hija, Dámaso no me negará su fianza, como ya lo ha hecho, para cualquier negocio.
—En fin, tú sabrás lo que haces —contestó con enfado la señora, indignada del prosaico cálculo de su marido.
Lo restante del camino lo hicieron en silencio hasta llegar a la casa que habitaban. Volveremos nosotros a don Dámaso y a su familia, que quedaron solos en el salón. —Y nuestro alojado, ¿qué se habrá hecho?— preguntó el caballero.
Un criado, a quien se llamó para hacer esta pregunta, contestó que no habÃa llegado aún.
—No será mucho que se haya perdido —dijo don Dámaso.
—¡En Santiago! —Exclamó AgustÃn con admiración—, en ParÃs sà que es fácil egararse. —He pensado— dijo don Dámaso a su mujer —que MartÃn puede servirme mucho, porque necesito una persona que lleve mis libros.
—Parece un buen jovencito y me gusta porque no fuma —respondió doña Engracia.