MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Desde que te conocà —prosiguió San Luis— me inspiraste un cariño sincero; después hemos vivido en Ãntima confianza. Pero, a pesar de mis deseos de estar siempre contigo, no me atrevÃa antes a proponerte que viviésemos juntos, porque sabÃa que nada valÃa para ti como la casa donde podÃas ver a Leonor con tanta frecuencia. Ahora estás solo, ¿por qué no te vienes a casa? Tú conoces a mi tÃa; es una santa, y te quiere porque eres mi amigo; estarás como en tu casa, y te cuidaremos como a un niño regalón.
La sinceridad de aquella oferta decidió al instante a MartÃn, que dio con efusión las gracias a su amigo.
—Bueno —dijo Rafael con alegrÃa—, principia desde esta noche; te cedo mi cama, y mañana enviamos por tu equipaje.
—Tengo proyectado un paseo para mañana —contestó MartÃn—, y prefiero, para hallar más fácilmente un carruaje temprano, no venirme hasta mañana en la tarde.
—Cómo te parezca. ¿A dónde vas?
—A Renca, a ver a Edelmira.
Diéronse las buenas noches y se separaron.