Martín Rivas
Martín Rivas A las diez de la mañana del día siguiente recorría Martín el camino de Renca, cuyos incidentes le trazaban el cuadro de las esperanzas con que por primera vez los había visto. Entonces encontraba en los paisajes que se ofrecían a sus ojos las promesas de alegres días pasados en el campo al lado de Leonor; ahora, menos la imagen de la niña amante, todo había desaparecido de hecho, condenado al luto antes de haber conocido la alegría. Al divisar la casa en que había dejado a Edelmira, disipóse un tanto esta preocupación, que vino a reemplazar la de la suerte de aquella niña, a la cual profesaba una sincera amistad.
Se bajó en el patio y se dirigió a la casa. Edelmira le había visto desde la ventana de la pieza en que se hallaba, y salió corriendo a recibirle.
El sincero cariño con que Martín la saludó hizo desaparecer del rostro de Edelmira el tinte de rubor con que al verse cerca del joven se había cubierto. Y ambos entablaron una conversación en la que se trató primero de la vida que habían llevado durante los últimos dos meses.
—Aunque deseo mucho volver al lado de mi mamita —dijo Edelmira, después de esto, quiero que pase algún tiempo más todavía, para estar segura de que Ricardo se ha retirado de casa para siempre.