MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Ninguna palabra que hiciese alusión a la última carta de Edelmira fue pronunciada en aquella entrevista, en la que la tÃa de la niña tomó parte, rodeando de atenciones a MartÃn. Dos horas después, cuando Rivas se despedÃa, Edelmira se levantó con la expresión de una persona que ha tomado una resolución después de vacilar algún tiempo.
—Tengo que preguntarle algo —dijo a MartÃn, aprovechándose de un instante en que la tÃa acababa de salir.
—Estoy a sus órdenes —contestó el joven.
—Para que usted me conteste como lo deseo —repuso Edelmira, poniéndose encarnada—, le recordaré lo franca que he sido con usted.
—Lo recuerdo muy bien, y le juro a usted…
—No me jure nada; pero respóndame a lo que voy a preguntarle: ¿no es Leonor a quien usted ama?
—SÃ.
—Asà lo he pensado siempre, y como mi hermano me contó hace poco la visita que hizo con Ricardo al padre de esa señorita, he visto que el servicio que usted me hizo le debe haber perjudicado.
—Algo hay de eso —dijo MartÃn, tratando de sonreÃrse.
Entró la tÃa de Edelmira, y el joven se despidió de ambas.