Martín Rivas
Martín Rivas »Cuando usted reciba esta carta, tal vez habré dejado de existir o me encuentre en gravísimo peligro de ello; sólo con esta convicción me atrevo a dirigírsela. ¿Es un secreto para usted el amor que me ha inspirado? No lo sé. A pesar de la timidez que usted me ha infundido siempre, a pesar de que conozco mi posición respecto a la suya, y a pesar también de las consideraciones que debo a la familia que con tanta generosidad me ha tratado, creo no haber tenido siempre la fuerza suficiente para ocultar el secreto de mi pecho. Hago a usted esta confesión con toda la sinceridad de mi alma y sin pretensiones: usted ha sido mi primero y único amor en la vida. La resistencia que la razón me aconsejaba oponer al dominio de este amor no ha tenido poder para combatirlo y mi corazón se ha sometido a su imperio sin fuerza para resistir, como sin esperanza de verlo correspondido. Después de haber luchado con él, y conseguido al menos el triunfo de ocultarlo a todos y a usted, no puedo resistir al consuelo de hablarle de él, cuando un accidente natural puede mañana quitarme la vida. Perdóneme usted tan atrevida debilidad, es tal vez el adiós de un moribundo; tal vez la despedida de uno a quien mañana, siéndole la suerte adversa, tendrá que vagar lejos de usted; de todos modos es una confidencia que entrego a su lealtad y que espero no mire usted con desdén ni trate con burla, porque parte de un corazón que se cree digno de su aprecio, ya que no ha querido mi estrella que lo sea de su amor.