MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¡Victoria! ¡Victoria! —gritó San Luis.
Y esta voz la repitieron todos arrastrando los cañones al punto que ellos ocupaban. Mas no bien habÃa cesado el clamoreo de los que clamaban victoria, cuando la puerta principal del cuartel se abrió de nuevo y una horrible descarga de fusilerÃa envió sobre los revolucionarios una nube de balas que hizo entre ellos espantosa matanza.
San Luis se asió con fuerza del brazo de MartÃn, que se hallaba a su lado, y gritó a los suyos:
—¡Fuego! ¡El enemigo está en agonÃa!
Palabras que el ruido de nuevas descargas ahogaron, mientras que el joven que acababa de pronunciarlas echó sus dos brazos al cuello de Rivas diciéndole:
—Me han herido y no puedo tenerme en pie.
MartÃn le tomó de la cintura, sacóle de las filas de los combatientes y, llevándole junto a una puerta de un cuarto, hÃzola saltar de un puntapié y entró en la pieza arrastrando a Rafael, cuya ropa estaba ya bañada en sangre.
Dos mujeres y un viejo habÃa en el cuarto en que MartÃn acababa de entrar llevando a San Luis.
—Señora, aquà hay un joven a quien usted puede prestar algún servicio —dijo Rivas a la que parecÃa de más edad.