MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Las dos mujeres, el viejo y MartÃn quitaron la levita a Rafael y le hallaron el pecho atravesado por dos balas. Su respiración hacÃa brotar torrentes de sangre de las dos heridas.
San Luis tomó las manos de su amigo.
—No me muevas —le dijo—, será imposible sanarme y siento que voy a vivir muy poco.
Los ojos de Rivas, en los que momentos antes brillaba el belicoso fuego que ardÃa en su pecho, se llenaron de lágrimas.
—¡Tú también estás herido! —exclamó San Luis, viendo que una mano de MartÃn se teñÃa poco a poco en sangre.
—No sé —dijo éste—, nada he sentido.
La misma descarga que habÃa herido a San Luis habÃa también lanzado una de sus balas sobre el brazo derecho de MartÃn.
—La victoria es casi segura —añadió Rafael, hablando por momentos con mayor dificultad—. ¿Oyes las descargas? El fuego del cuartel se va apagando.
Cada palabra que asà pronunciaba parecÃa costarle un gran esfuerzo y su voz se extinguÃa por grados, mientras que la sangre del pecho brotaba a pesar del empeño con que MartÃn y los que allà habÃa querÃan contenerla con paños y vendas improvisadas.