Martín Rivas

Martín Rivas

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Después de una pausa, durante la cual San Luis parecía querer adivinar con el oído lo que sucedía en el lugar de la refriega, estrechó con febril ardor las manos de Martín, y haciendo un esfuerzo para levantarse:

—Despídeme —le dijo con voz enternecida— de mi pobre tía; si ves a Adelaida, dile que me perdone; y tú no me olvides, Martín, porque…

El esfuerzo que hizo para concluir su frase pareció apurar el último soplo de vida que le quedaba, porque las palabras se helaron en sus labios y su cabeza cayó sobre la pobre almohada que le habían puesto las mujeres.

—¡Muerto! ¡Muerto! —exclamó Martín, estrechándolo entre sus brazos y llorando como un niño—. ¡Pobre Rafael!

Dio por algunos instantes libre curso a sus lágrimas, y alzándose de repente, besó varias veces la frente y las mejillas, ya pálidas, de San Luis; prometió a las mujeres que serían bien recompensadas si entregaban el cadáver en casa de don Pedro San Luis, y salió de la pieza exclamando:

—¡Yo te vengaré!

Brillaban en ese instante con sombrío resplandor sus ojos y con la diestra apretaba convulsivamente la espada que desenvainó al salir.


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