Martín Rivas

Martín Rivas

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Y al decir esto le dio un fuerte empellón que estrelló a Amador contra la pared. —Huyamos, es una necedad dejarnos prender— dijo a Martín el joven que acababa de hablarle.

Y le arrastró fuera del cuartel, a cuya puerta principiaban a agolparse los curiosos. Martín se resistió algunos momentos, durante los cuales Amador había huido al patio llamando al oficial de policía, que con alguna tropa de su mando formaba parte de la división de los cívicos que habían auxiliado al cuartel.

Cuando Rivas se decidió a retirarse, Amador corrió hacia el zaguán con Ricardo Castaños y algunos soldados.

—Vamos, vamos —dijo el joven a Martín—, no les demos el gusto de que nos tomen prisioneros.

—Adiós —le dijo Martín, estrechándole la mano.

Y emprendió la fuga con dirección a casa de don Dámaso Encina, mientras que Amador y Ricardo le buscaban entre las personas que llegaban al zaguán.

Esta circunstancia le permitió tomar alguna delantera sobre sus perseguidores, que salieron a la calle cuando él se halló ya a una cuadra distante del cuartel.

—Vamos a buscarle a casa de don Dámaso —dijo Amador al oficial—, y si no lo hallamos allí, lo hemos de buscar por toda la ciudad.


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