Martín Rivas

Martín Rivas

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Leonor, entretanto, se había retirado a su cuarto y lloraba desesperada por la suerte de Martín, mientras que su memoria le repetía su reciente conversación con el joven, sus palabras de amor que aún resonaban en su alma como el eco de música celestial y la valerosa energía con que acababa de verle defenderse contra tantos adversarios a un tiempo. Si de amor hasta entonces había latido su corazón, de orgullo palpitaba ahora con semejante recuerdo y juraba consagrar su vida al que reconocía digno de tan preciosa ofrenda. Más la idea de los nuevos peligros que cercaban a Rivas turbó muy luego el arrobamiento de su devaneo; vio que en vez de llorar era preciso defender su vida amenazada, y salió de su cuarto resuelta a tocar todos los resortes que pudiesen contribuir a la libertad de Martín.

Dominada por este pensamiento entró en la pieza de Agustín, que reparaba la debilidad en que los sobresaltos de la mañana le habían dejado, bebiendo repetidas copas de kirsch.

—¡Ay, hermanita, qué terrible día! —exclamó al ver entrar a Leonor—. Te confieso que compadezco a las mujeres y a los hombres cobardes, porque me figuro el miedo que han debido tener.

—En lo que debemos pensar ahora es en salvar a Martín —contestó Leonor sin hacer caso de la baladronada de su hermano.


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