MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¡Nosotros! ¿Y qué podemos hacer? —dijo el elegante sorbiendo otra copa de licor—. Es preciso que mi papá hable con los ministros, con el Presidente, con todos los que tengan algún influjo en el Gobierno.
—Poco a poco, mi bella, el dÃa está peligroso para empeños, y como MartÃn tuvo la desgraciada ocurrencia de venir a ocultarse aquÃ, podrán creer que nosotros hemos tomado parte en la revolución si hablamos en su favor.
—¡Tienes miedo de hacer algo por un hombre a quien debes un gran servicio! AgustÃn, te creÃa ligero, pero no ingrato —dijo Leonor lanzando a su hermano una mirada de desprecio.
—No, no es ingratitud, querida; pero, ya lo ves, en polÃtica es preciso ser precavido. Qué diantre, veremos lo que se puede hacer por el pobre MartÃn, a quien no niego que debo servicios. Pero tú quieres que todo se haga por vapor.
—El caso no es para pensar, sino para obrar —replicó la niña con tono de resolución—. Si tú no haces nada, hablaré con mi papá, y si él toma las cosas con tu frialdad, iré yo misma a interceder por MartÃn con algunas amigas que no se negarán a servirme.
—¡Cáspita, hermanita, con qué fuego lo tomas! Cualquiera dirÃa que no se trata sólo de un amigo…