Martín Rivas

Martín Rivas

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—Sino de un amante, ¿no es verdad? —interrumpió Leonor con impaciencia—. Piensa lo que quieras —añadió saliendo de la pieza.

—¡Caramba!, ésta sacó toda la energía que me tocaba a mí como varón y primogénito —dijo al verla salir Agustín.

Leonor entró a su cuarto después de ordenar a una criada que le avisase la llegada de su padre.

Una hora después entró don Dámaso al cuarto al que se había retirado su mujer tan luego como se vio libre de las visitas.

Agustín, que le había visto atravesar el patio, entró en la misma pieza poco después de él.

—Estaba el palacio lleno de gente —dijo don Dámaso quitándose el sombrero—. ¡Qué uniformidad en la opinión para condenar a los revoltosos! El valor cívico más decidido reinaba allí y creo que habríamos marchado todos cantando al combate si hubiese sido preciso.

Apenas terminaba esta frase, bajo la cual habría sido difícil traslucir al liberal que por la mañana abogaba por la causa del pueblo, Leonor entró en la pieza con frente erguida y con resuelta mirada.

—¿Cómo le ha ido, papá? —dijo sentándose junto a don Dámaso.


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