MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Perfectamente, hijita. El Presidente me ha dado las gracias por mi decisión por la causa del orden —contestó el caballero con aire de satisfecha importancia.
—No le pregunto sobre eso —replicó Leonor—. ¿Qué hay de MartÃn?
—Ah, ¿de MartÃn? Deben haberlo llevado preso. ¡Pobre muchacho!
—¿Y usted no ha hecho nada por él? —preguntó la niña, fijando en su padre una profunda mirada.
—El momento no era oportuno, hijita —repuso don Dámaso—. Los ánimos están ahora demasiado exaltados, es mejor esperar.
—¡Esperar! —exclamó la niña—. MartÃn no ha esperado nunca para servirnos como siempre lo ha hecho.
—Es cierto, hijita; nadie niega que MartÃn serÃa un joven cumplido si no hubiese hecho la locura de meterse a liberal.
—A nosotros no nos toca juzgarlo —dijo Leonor—, y nuestro deber es influir en cuanto podamos en favor suyo, ya que está preso.
—Influiremos, no te dé cuidado, yo estoy ahora muy bien con los del Gobierno.
—SÃ, pero entretanto el tiempo pasa y pueden someter a juicio a MartÃn —exclamó la niña con visible impaciencia.