MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Eso es inevitable —contestó don Dámaso con calma.
Esta contestación pareció exasperar a Leonor, que se levantó indignada.
—Papá, usted debe ir al instante a hablar con el Ministro del Interior —dijo con acento imperativo.
—Eso me comprometerÃa, porque MartÃn ha sido encontrado en mi casa. Dejemos pasar algunos dÃas —contestó don Dámaso.
—Iré yo entonces a verme con la mujer del Ministro —exclamó Leonor exasperada con la indiferencia de su padre.
—¡Qué interés tan vivo tienes por MartÃn! —dijo en tono de reconvención el caballero—. Más que interés —replicó Leonor con exaltación—, le amo.
Estas palabras parecieron haber producido en don Dámaso, en AgustÃn y en doña Engracia el mismo efecto que las detonaciones del combate de aquella mañana.
Don Dámaso se levantó de un salto, AgustÃn pareció espantado y doña Engracia se apoderó de Diamela, que dormÃa a su lado, dándola un fuerte apretón.
—¡Niña, qué estás diciendo! —exclamó don Dámaso aterrado con lo que acababa de oÃr.
Su exclamación se confundió con un gemido de Diamela, vÃctima de la impresionabilidad nerviosa de su ama.