Martín Rivas

Martín Rivas

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—Digo que amo a Martín —contestó Leonor con voz segura y magnífico ademán de orgullo.

—¡A Martín! —repitió abismado don Dámaso.

Leonor no se dignó contestar, sino que volvió a sentarse llena de majestad.

En ese momento conoció don Dámaso el ascendiente que aquella niña ejercía en su ánimo, porque, al querer armarse de severidad, se encontró con la mirada serena y resuelta de Leonor, que parecía desafiarle.

Don Dámaso se dejó llevar de la debilidad de su carácter y bajó la vista diciendo:

—No debías hacer esa confesión.

—¿Y por qué no? Martín, aunque pobre, tiene alma noble, elevada inteligencia; esto basta para justificarme. ¿Preferiría usted que ocultase lo que siento? ¿No son ustedes los naturales depositarios de mi confianza?

Leonor pronunció estas palabras con acento que no admitía réplica. Las tres personas que la escuchaban carecían, además, de la energía que para contradecirla habría sido necesario poseer al hacer frente a un carácter resuelto y altanero como el de la niña.

Doña Engracia se contentó con estrechar a Diamela.

Agustín dijo por lo bajo algunas palabras, mitad francesas, mitad españolas, y don Dámaso principió a pasearse en la pieza para ocultar su falta de energía.


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