MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Leonor prosiguió:
—Usted sabe, papá, que MartÃn es un joven de esperanza, usted mismo lo ha dicho muchas veces; es también de muy buena familia; no le falta, por consiguiente, más que ser rico, y estoy segura que, con las aptitudes que usted le reconoce, nunca será pobre. ¿Qué mal hago entonces en amarle? Harto más vale que los jóvenes que hasta ahora me han solicitado y es muy natural que yo le diera la preferencia. Ahora que él se encuentra gravemente comprometido y que por desesperación tal vez ha tomado parte en la revolución, debemos nosotros pagarle con servicios los muchos que le debemos. Él salvó a AgustÃn de una intriga vergonzosa y que le habrÃa puesto en ridÃculo ante la sociedad entera, y además ha corrido con todos los negocios de la casa con un acierto que usted alaba todos los dÃas.
—En cuanto a eso, es la pura verdad; y no miento si digo que debo a MartÃn mucha parte de las ganancias de este año.
Don Dámaso dijo estas palabras contentÃsimo de hallar una salida, ya que se encontraba sin fuerza para imponer a Leonor su autoridad.