MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Después de esa noche de lágrimas, Leonor salió muy temprano de su pieza y entró en la de AgustÃn, que dormÃa profundamente.
A la voz de su hermana, el elegante se restregó los ojos.
—¡Qué matinal estás! —Exclamó, viendo a Leonor de pie al lado de su cama—. ¡Y qué pálida, hermanita! —añadió—. Cualquiera dirÃa que has velado toda la noche.
—Asà ha sido —dijo la niña—. ¿PodÃa dormir con esa horrible sentencia?
—Cálmate, la sentencia no se ejecutará.
—¿Quién me responde de ello? —preguntó Leonor, cuyos ojos se llenaron de lágrimas.
—Todos lo dicen.
—Eso no basta y por eso vengo a pedirte un servicio.
—Soy todo a ti, mi bella, ordena y obedezco.
—Es preciso que hoy me acompañes a ver a MartÃn.
—Eso no deja de tener sus dificultades, ¿cómo entramos?
—Con una carta que tiene mi papá. Tú se la pedirás diciéndole que vas a ver a MartÃn y te vas conmigo.
—Haces de mà lo que quieres.