Martín Rivas

Martín Rivas

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Al dar las seis, en efecto, Leonor y Agustín presentaron la carta y fueron conducidos a la prisión de Martín.

El joven tenía sobre la ventana todas las cartas de Leonor, que se entretenía en leer una a una.

Al abrirse la puerta, Leonor le vio enderezarse y ocultar con ligereza las cartas. Al reconocer a la joven, Rivas corrió hacia la puerta y sus manos estrecharon la que ella le tendió.

—¡Peste! —Exclamó Agustín, mirando en su derredor—. ¡No es por cierto el confort inglés lo que aquí reina! Mi pobre amigo —añadió, abrazando a Rivas—, esto es degutante, mi palabra de honor.

Martín se sonrió con tristeza y olvidó todos sus cuidados en los ojos que Leonor fijaba en él llenos de lágrimas.

—Es la única silla que he podido conseguir —dijo pasando a Leonor una mala silla de paja.

La niña se sentó y volvió la cara para enjugar las lágrimas.

—Vamos, hermanita —le dijo Agustín enternecido también—, tengamos más valor; la reflexión es lo que nos distingue de los irracionales.

Martín no pudo reprimir una franca carcajada al oír la sentenciosa máxima que Agustín emitía con voz lastimosa.

Leonor miró a su amante llena de orgullo.


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