MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Las cosas deben tomarse como vienen —dijo Rivas, no queriendo dejarse contagiar por la tristeza de los dos hermanos.
—¡Pero esa sentencia…! —exclamó Leonor.
—La esperaba desde el primer dÃa y no me ha conmovido —respondió el prisionero con modesta voz—. Lo que ha hecho sà palpitar mi corazón —añadió en voz baja al oÃdo de Leonor— ha sido lo que no esperaba: sus cartas.
Al través de las lágrimas que humedecÃan los párpados de la niña, brilló en sus ojos un rayo de pasión al oÃr estas palabras.
Fuese intencional o distraÃdamente, AgustÃn se acababa de parar en la puerta del calabozo, delante de la cual se paseaba el centinela.
MartÃn se apoderó de una mano de Leonor, mientras que ella seguÃa mirándole.
—La felicidad que siento al verme amado —le dijo— llena de tal modo mi pecho, que no deja lugar en él para los temores que pudiera inspirarme mi situación. Además —añadió con cierta alegrÃa—, no sé qué presentimiento me dice que no puedo morir. —Sin embargo— replicó Leonor, —es preciso pensar seriamente en la fuga.
—Muy difÃcil me parece.