Martín Rivas

Martín Rivas

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—No tanto; vea usted el plan que he imaginado: vengo con Agustín mañana a esta hora y traigo puestos dos vestidos. Uno toma usted y sale en mi lugar con Agustín. —¡Y usted!— preguntó Rivas con admiración al ver brillar de entusiasmo los ojos de su querida.

—Yo —contestó ella— me quedo aquí. ¿Qué pueden hacerme cuando me descubran? Martín hubiera querido arrojarse de rodillas para adorar como una divinidad a la que, como una cosa muy natural, le ofrecía el sacrificio de su honra por salvarle. —¿Cree usted que yo consentiría en conservar mi vida a costa de su honor?— le dijo besándola con pasión la mano que estrechaba entre las suyas.

—Lo que yo quiero es que usted salga de aquí —contestó Leonor con agitación—. Es preciso, Martín, que no se forme usted ilusiones; en el Gobierno hay mucho encarnizamiento contra los que han tomado parte en la revolución. ¿Quién nos asegura que el Consejo de Estado le indulte a usted? Y en caso de indulto, ¿qué pena sustituirán a la de la muerte? Nada sabemos y todo esto me hace temblar. —Caramba— dijo Agustín, que acababa de acercarse a ellos, —Leonor tiene razón. Esta casa tiene un aspecto muy triste; es preciso que trates de salir de aquí.

—Si tú tienes valor —dijo Leonor a su hermano—, Martín puede salir ahora mismo. Quédate en su lugar y él saldrá conmigo.


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