MartÃn Rivas
MartÃn Rivas AgustÃn se puso muy pálido y no pudo disimular el temblor que conmovió su cuerpo ante la sola idea de correr aquel peligro.
—Le conocerán al salir, hermanita —dijo con voz apagada—, y luego, ¿quién me harÃa huir a mÃ?
—TendrÃan que ponerte en libertad —replicó Leonor.
—AgustÃn tiene razón —dijo Rivas—, me conocerÃan al salir.
—Eso es claro como el dÃa —observó el elegante, serenándose un poco y sacando su reloj, como deseoso de ver llegar la hora de irse.
—Si AgustÃn me trae mañana una buena lima y un par de pistolas, haré una tentativa —dijo MartÃn.
—Es convenido. No hay nada más que decir —exclamó AgustÃn volviendo a mirar el reloj, temeroso de que su hermana propusiese algún otro medio de evasión que le comprometiese.
En ese momento el carcelero anunció que era hora de salir, y Leonor y AgustÃn se despidieron de Rivas, prometiéndole lo que pedÃa para efectuar su tentativa de fuga el dÃa siguiente.