MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Por supuesto, hermanita —dijo sin comprender lo que decÃa el elegante—, no te hagas pena, hermanita.
—¿Se te ha ocurrido algún medio de salvar a MartÃn? —Preguntóle Leonor con una exaltación febril, engañada por el aire de seguridad con que su hermano habÃa pronunciado las palabras que anteceden.
—¿A m� Ninguno. Nunca se me ocurre nada —contestó con viveza el elegante, que temió que Leonor quisiese exigirle algún sacrificio.
—Pues a mà se me ha ocurrido una idea.
—¿A ver la idea?
—Llévame a casa de Edelmira Molina.
—¿Para qué?
—Allà lo sabrás.
—Pero, hermanita, me parece inconveniente que tú…
Leonor no le dejó acabar su frase, porque bajó uno de los vidrios de adelante del coche, y por allà dijo al cochero:
—Para.
Luego, dirigiéndose a su hermano, le dijo con voz imperativa:
—Dale las señas.
AgustÃn obedeció sin murmurar, y el coche tomó el camino que se le indicó.