Martín Rivas

Martín Rivas

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—Es preciso que hablemos con Edelmira —dijo Leonor al cabo de algunos momentos de silencio.

—Pero yendo a casa de su madre no es el medio más seguro de conseguirlo —replicó Agustín.

—¿Por qué?

—Porque allí me conocen, y después de la historia que tú recordarás, me aborrecen cordialmente.

—Tienes razón —dijo Leonor, comprimiéndose la frente con las manos—. Pero es absolutamente indispensable que yo me vea hoy mismo con Edelmira. A ver —añadió con febril impaciencia—, piensa tú, discurre, ¡yo tengo ardiendo la cabeza, y se me turban las ideas!

La afligida niña ocultó su rostro y dejó caer la cabeza sobre el respaldo del coche. En su seno los sollozos se agolpaban como las olas al soplo de la tormenta.

—Yo discurriré —dijo el elegante—, pero no sigamos a casa de doña Bernarda, porque lo perdemos todo.

—A casa —gritó Leonor al cochero.

Luego se volvió hacia su hermano. Sus ojos despedían rayos de fuego, y la contracción de sus cejas anunciaba la energía que era capaz de desplegar. —Volveremos a casa— dijo—, pero te advierto que antes de dos horas debes haberme facilitado una entrevista con Edelmira.


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