MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Pero, hermanita, ¿cómo quieres que la saque yo de su casa?
—No sé; más yo estoy resuelta a hablar hoy con ella, y si tú no me proporcionas la ocasión de hacerlo, iré yo sola a verla.
—No es conveniente que vayas toda sola —exclamó exasperado el elegante.
—Iré, iré —repitió Leonor con exaltación—, nadie podrá impedÃrmelo. ¿No ves que MartÃn está en capilla? ¿No ves que si le fusilan yo moriré también?
Nada pudo objetar AgustÃn a este grito del alma enérgica de su hermana, y se convenció de que para evitarle el dar algún paso desesperado debÃa hacer cuanto le fuese posible por cumplir sus deseos. El joven se acordó en ese momento de la ambición insaciable de dinero que constantemente dominaba a Amador.
—Hay un medio de que hables con Edelmira —dijo.
—¿Cuál? —preguntó la niña con avidez.
—El de dar algunos reales al hermano de la muchacha y él mismo te la traerá a casa.
En este momento el coche llegaba a inmediaciones de casa de don Dámaso.
—Te daré dinero —dijo Leonor cuando bajaban del coche—, espérame en tu cuarto.