MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Con efecto, al cabo de poco rato volvió Leonor con treinta onzas de oro que entregó a su hermano.
—Toma —le dijo—, confÃo en ti; tú no querrás verme llorar toda la vida, ¿no es verdad?
Al decir esto, estrechaba al elegante con cariñosos abrazos.
—¡Caramba! —Exclamó AgustÃn—. Eres un Creso, hermanita. ¡Qué rica estás!
—Papá me acaba de dar ese dinero; le he explicado mi plan en pocas palabras. —Entretanto, a mà nada me has explicado, de modo que yo ando a oscuras.
—Anda primero, después lo sabrás todo.
AgustÃn salió de la casa y Leonor se dejó caer de rodillas, implorando la protección del cielo por el buen éxito de su empresa. Al cabo de algunos momentos de fervorosa oración, se acercó al escritorio de AgustÃn, y principió a escribir una carta a Rivas, en la que referÃa sus proyectos, prodigándole las más ardientes protestas de aquel amor que, lentamente desarrollado en su pecho, habÃa cobrado ya las proporciones de una pasión irresistible.