Martín Rivas

Martín Rivas

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En esos mismos momentos Agustín llegó a casa de doña Bernarda. Al pisar el umbral de aquella puerta, todos los recuerdos de la escena del supuesto matrimonio, en las que le había tocado representar el papel de víctima, asaltaron su memoria e hicieron latir de miedo su corazón. Pero la convicción en que se hallaba, de que era preciso obedecer a Leonor, le dio entereza para golpear a la puerta del cuarto de Amador.

Éste abrió la puerta, y no sabiendo el objeto de la visita que le llegaba, contestó con un saludo incierto al saludo de Agustín.

—Deseo hablar con usted a solas —dijo el elegante.

—Aquí estamos solos —contestó Amador, haciéndole entrar y cerrando la puerta.

—Voy a usar con usted de toda franqueza —dijo Agustín sin sentarse.

—Así me gusta, no hay como la franqueza —exclamó Amador.

—¿Quiere usted ganar unos quinientos pesos?

—¡Quinientos pesos! ¡Qué pregunta! ¿Y a quién no le gusta la plata, pues? ¿Pita usted? —dijo Amador, pasando en medio de sus exclamaciones un cigarrillo de papel al elegante.

—No, gracias, el servicio que reclamo de usted es muy simple.

—Hable no más, tengo buenas entendederas.


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