Martín Rivas

Martín Rivas

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Cuando las dos niñas se hallaron solas en una pieza, cuya puerta había cerrado Leonor, ambas se contemplaron con curiosidad, y en ambas se pintó la sorpresa desde la primera mirada.

Edelmira halló, en vez de la altanera expresión que antes había notado en la hermosa hija de don Dámaso, una dulzura tal en su mirada, que sintió por ella una irresistible simpatía.

Leonor vio que el rosado tinte de las mejillas de Edelmira había sido reemplazado por la palidez del sufrimiento; que la viveza de su mirar estaba apagada por la fuerza de una visible melancolía, y adivinó, con la penetración de la mujer enamorada, que Edelmira no había dejado de amar a Rivas.

Esta idea, que en otra circunstancia le habría desagradado, pareció animarla por el contrario.

—¿Sabe usted la situación en que se encuentra Martín? —le dijo, haciendo sentarse a Edelmira junto a ella.

—Sabía que estaba preso —contestó ésta—; pero ahora —añadió con voz turbada— mi hermano me dice que está condenado a muerte.

La que esto decía y la que escuchaba se miraron con los ojos llenos de lágrimas. Leonor se arrojó en brazos de Edelmira exclamando:

—¡Usted es mi última esperanza! ¡Es preciso salvarlo!


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