MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Yo, señorita —dijo—, estoy dispuesta a hacer lo que usted me diga por salvar a MartÃn.
—¡Pero si a mà nada se me ocurre, por Dios! —exclamó Leonor comprimiéndose la frente con las manos—. Parece que las ideas se me escapan cuando creo haberlas concebido… A ver… ¿Por qué se me ocurrió que usted podrÃa salvar a MartÃn…? ¡Ah! ¿No habÃa un oficial de policÃa que quiso casarse con usted?
—Es cierto.
—Es joven, ¿no es verdad?
—SÃ.
—Ese joven debe amarla todavÃa; usted es demasiado bella para que él haya dejado de amarla por un desaire, ¿no es asÃ? Estoy segura de que él la ama. Pues bien, MartÃn está preso en su cuartel y usted puede comprometerle a que facilite su evasión. Ofrezca usted todo lo que sea necesario: dinero, empleos, mi padre ofrece cuanto le pidan. ¡No me niegue usted este servicio, se lo agradeceré eternamente! —Señorita— dijo Edelmira, —voy a hacer cuanto pueda; si usted consigue que Amador me acompañe a ver a Ricardo, tal vez logremos salvar a MartÃn.
Leonor estrechó con frenesà a Edelmira, prodigándole los más tiernos cariños por aquella respuesta.
—Vamos a ver a su hermano —dijo después de esto—, pues no tenemos tiempo que perder.