MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Salieron de la pieza en que se encontraban y entraron en la de AgustÃn.
Amador apuraba la décima copa de un licor que le habÃa ofrecido AgustÃn y fumaba tendido un habano prensado de enorme largo, con la gravedad de un magnate que tiene conciencia de su importancia.
Leonor explicó en pocas palabras el nuevo plan, y después de pedir a Amador que acompañase a Edelmira, con insinuantes palabras se acercó a preguntar a AgustÃn por el dinero que le habÃa entregado.
El elegante puso con disimulo las treinta onzas en manos de Amador, cuyo rostro se iluminó con indecible alegrÃa.
—Por salvar a MartÃn, que ha sido mi amigo —dijo—, haré lo que usted guste, señorita. —Tú los acompañarás para traerme la respuesta— dijo Leonor a AgustÃn, llamándolo aparte; —y no te mires en gastos. Si el oficial pone dificultades, dile que papá se encarga de su porvenir; yo respondo de ello.
Abrazó después a Edelmira con la ternura de una hermana, y llevó su heroÃsmo hasta estrechar la mano de Amador, que despedÃa un olor a tabaco quemado insoportable.
—Mándeme con AgustÃn la noticia del resultado —dijo a Edelmira al atravesar el patio; sólo espero en usted.