MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Nada temas, hermanita —dijo AgustÃn—, aquà voy yo para arreglarlo todo; que la peste me ahogue si no sacamos a ese pobre MartÃn de la prisión.
Despidiéronse en la puerta de calle, y Leonor entró a su cuarto. Allà se dejó caer sobre un sofá, rendida de emoción y de zozobra.