Martín Rivas

Martín Rivas

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—Señorita, aquí me tiene —contestó éste poniéndose más colorado.

—Aunque estos caballeros —prosiguió Edelmira volviéndose hacia Agustín y Amador— saben a lo que vengo, me gustaría más estar sola con usted para explicarme mejor. —Aquí no hay escribano— dijo Amador riéndose, —habla no más, que no hemos de dar fe después si lo que digas te perjudica.

—Esta señorita tiene razón —replicó Agustín—, yo soy partidario del tete-a-tete, y nosotros podemos, entretanto, ir a fumar un cigarro.

—Andar entonces —dijo Amador—, vamos a pitar.

Los dos jóvenes salieron y principiaron a pasearse en un corredor, sobre el cual abría la puerta de la pieza del oficial.

Éste había quedado de pie, y buscaba en su imaginación algún cumplimiento para entablar la conversación.

Edelmira le ahorró este trabajo diciéndole:

—Mucho extrañará usted verme aquí.

—Eso no, señorita; pero de seguro que no lo esperaba —contestó Ricardo.

—Yo conozco que no me he conducido bien con usted, y me arrepiento de ello —prosiguió la niña.

—Tanto favor, señorita, yo le doy las gracias.


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