MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¿Me ama usted todavÃa? —preguntó Edelmira, fijando en el joven una resuelta y penetrante mirada.
—¡Vaya si la quiero! —exclamó Ricardo—, la prueba la tiene en que todos los dÃas paso por su casa por verla.
—Usted puede darme ahora una prueba que me convencerá más que todo.
—Hable no más y verá si digo la verdad.
—Quiero que usted salve a MartÃn Rivas.
Ricardo hizo un movimiento de sorpresa.
—Aunque lo pudiera no lo harÃa —dijo con tono de rabia.
—Pues si usted quiere probarme que me ama, es preciso que salve a MartÃn.
—¡Bonita cosa! ¿Para que usted lo siga queriendo? No, más bien que lo fusilen, y asà se acaba todo.
El oficial de policÃa pronunció estas palabras con un acento sombrÃo, que convenció a Edelmira de que el amor de aquel hombre no se habÃa entibiado.
—Pues si lo fusilan, jamás nos volveremos a ver usted y yo —dÃjole la niña levantándose de su asiento.
—Pruébeme usted que no lo quiere, pues —exclamó con pasión Ricardo—. Si asà fuese, podrÃamos hablar.
—Estoy dispuesta a hacerlo si usted lo salva.
—¿Cómo me lo probará?