MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Una palabra —dijo MartÃn, acercándose a Ricardo—: usted me presta en este momento un servicio que no me esperaba, y mucho menos de parte de usted, que me ha considerado como su enemigo.
—Eso no —dijo el oficial—; yo lo perseguà y tomé preso a usted porque estábamos combatiendo.
—¿Nada más que por eso? —preguntó Rivas—. Hablemos con franqueza: usted me ha creÃdo siempre su rival.
—Es cierto.
—Sin embargo, se ha engañado usted; jamás he hablado de amor a Edelmira, se lo aseguro bajo mi palabra de honor.
—¡Cierto! —exclamó lleno de alegrÃa Ricardo.
—Cierto; y si antes creà que esta confesión, hecha por mà a usted, parecerÃa humillante, ya que usted se ha prestado a servirme, creo deber hacérsela sin indagar la causa que usted haya tenido para ello. Si usted ama a esa niña —añadió MartÃn—, creo que esta confesión destruirá los juicios que haya formado en contra de ella; entretanto, yo no tengo otro medio de manifestarle mi agradecimiento que haciendo esta confesión y rogándole que acepte mi amistad.
—Gracias —dijo con efusión Ricardo, estrechando la mano que le presentó MartÃn.