Martín Rivas

Martín Rivas

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El oficial salió, dejando la puerta abierta, después de decir a Rivas que apagase la luz para salir tras él.

En la fuga de Martín no hubo ninguna de las peripecias de que los novelistas se aprovechan para excitar la curiosa imaginación de los lectores. El soldado que guardaba su calabozo abandonó con él el puesto de su facción, condujo a Martín por pasadizos solitarios, hasta llegar a un patio, igualmente solo, en donde, mediante el auxilio de una escalera, ambos salvaron los tejados y bajaron a una calle.

—Adiós, pues, patrón —dijo el soldado a Rivas.

Y se echó a andar por las calles, pensando en las onzas de oro que sonaban agradablemente en sus bolsillos, después de haber sido entregadas a Ricardo Castaños por la torneada y blanca mano de Leonor.

Rivas divisó a poca distancia del punto en que lo dejó el soldado un carruaje al que se dirigió inmediatamente. Un hombre se adelantó a recibirle, diciéndole con voz bien conocida:

Tú eres salvado, Martín, déjame abrazarte.

Y Agustín Encina le estrechó entre sus brazos con un cariño fraternal.

—Mi hermana está allí, que te espera —añadió el elegante, señalando el carruaje.

En ese momento, Leonor bajaba del coche.


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